Giovanni Salina
El único que se parecía a él, Giovanni, no estaba allí. Cada dos años le enviaba saludos desde Londres. Ya no tenía nada que ver con el carbón y comerciaba con brillantes. Después de muerta Stella, llegó dirigida a ella una breve carta y luego un paquetito con un brazalete. Éste sí. También él había «cortejado a la muerte», más bien con el abandono de todo había organizado para sí ese poco de muerte que es posible tener sin dejar de vivir.
El Gatopardo Giuseppe Tomasi di Lampedusa
Giovanni se habĂ­a enterado de la muerte del PrĂ­ncipe mientras estaba comiendo. Sobre la mesa, un par de truchas asadas que habĂ­a adquirido Mary en el mercado. Empezaba a entrar una luz rojiza y verde por las vidrieras, y se colaba traviesa en el salĂłn rebotando con chispas sobre la cuberterĂ­a. La Ăşltima vez que habĂ­a recibido una carta de su hermana habĂ­a sido para comunicarle el fallecimiento de su madre.
Tal vez por esta razón Mary no le había advertido en cuanto la recogió del cartero. Por el contrario, había permitido que saliera a trabajar como si nada y que así volviera cansado como siempre; con sus pasos pesados, refunfuñando para sí cosas que ella nunca le entendía. Por alguna razón había calculado que las malas noticias se digieren mejor después de las comidas; pero la maldita misiva le pesaba tanto en el alma que no pudo esperar lo suficiente e hizo lo peor que podía hacer; entregársela justo al momento de sentarse a la mesa.
Todavía humeantes, las truchas, esperaban en silencio el ataque definitivo. Pero este ataque no llegó nunca. Apenas se oía el tránsito de carros por la avenida y el ligero crujido de un papel sostenido en el aire. Giovanni permaneció en silencio largo rato. Después no dijo nada. Respiró profundamente y se excusó diciendo que no tenía apetito; le pidió a Mary que lo guardara todo para la cena y dando un pequeño golpe sobre la mesa; con el gesto de quien quiere decir alguna cosa, se ausentó.
Antes, habĂ­a colocado sobre el tablero la carta de Concetta; lo hizo suavemente dejando que se convara en el aire durante el itinerario; tuvo tiempo de ver, al trasluz, el emblema casi transparente del Gatopardo, y sintiĂł que con ese papel se desplomaba toda su estirpe.
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