Hilo de alambre.
Es un comedor aquello que se oye. Gente agolpándose en la entrada para pagar el bufé. Una conversación. En la mesa de la esquina izquierda, la mujer que habla. Cabello corto cardado. En frente, esa niña con los ojos abiertos, un poco despistada.
Fue hace muchos años. ---Dice la mujer.--- Nos conocimos aquel día; aquí mismo. La Magdalena prometía su palacio y algunas ensoñaciones umbrías entre los árboles. Que bonita es ¿Verdad? Desde entonces vengo cada año por estas fechas, me encantan los cursos de verano, aquí conocí a tu abuelo. Yo era tan tonta... Pero eso no es lo que importa ahora ¡Cuanto me alegro de que hayas venido! Ya sé que una ponencia sobre el magnetófono de hilo no parece muy interesante, pero ya verás, son bonitos, seguro que traen uno ¿Tienes el paquete que te di? Guárdalo bien hasta que te lo pida. Me encantan las sorpresas. Hay que darse prisa; tenemos poco tiempo.
Rumores de cubiertos y vajillas. El camarero ha recogido unos restos sobre la mesa de al lado. Marina juega con unos guisantes que se han quedado atascados entre unas espinas. Por un momento giró su rostro hacia la mochila en su derecha, apretó la boca y ahora hace un gesto afirmativo de cabeza. Mientras, mueve las piernas alternativamente ¿Qué será este paquete viejo?
No entiendo cómo tu madre te dejó venir con esa facha nena, tienes la ropa gastada; qué van a pensar. Si te quedaras en casa en vez de andar correteando por ahí como una salvaje... ¿Nunca te conté cómo conquisté a tu abuelo? Pobrecito. Fue al terminar su clase. Era cuando estaba preparando la tesis. Nos explico todo; la sensación tremenda de un hallazgo, la frustración y las filigranas en las partituras. Era como un detective... Se me cayó un lapicero justo al pasar. Él lo recogió ¡Que amable! No te rías, fue así. De no ser por eso ni tú, ni tu madre estaríais en este mundo. Vamos, no juguetees más y termina. Algo dijo en esa clase... No sé qué fue pero me enamoré. Era encantador... ¡Venga! ¡Termina, nena que llegamos tarde!
Marina intenta recordar. Ella conoce la sensación de ausencia. Llegó tarde a la muerte aquel día en la ciudad, cuando salió del insti temprano hacia la casa del abuelo. Nadie le estaba esperando. Encontró su esquela pegada en la puerta y negoció con el mundo para dudar de todo. No debe ser fácil morir tras el verano. Es tan azul el mar. Se supone que la vida sigue; después de que los montes y las playas hayan quedado sin viveza, la rueda gris te envía de nuevo a la fábrica. No hay razón para volver a los tonos rojizos de los atardeceres, ya no hay para ti, algo se ha perdido. Pero negó la muerte, decidió que no había pasado, que hubo algún error, que ella no tenía que haber sabido... que eso no era... en fin, no sé; el abuelo ¿Cómo serı́a volver a oír al abuelo?
Encima de la mesa un aparato viejo. Antes de hablar el señor Aguinaga ha cogido la pequeña caja de la abuela ¿Qué tendrá? La abre despacio. Nada puede verse todavía. Al poco saca una vieja cinta; poco a poco la estira. Tan sólo es un montón de alambre... ¿Cómo va a salir música de ahí?
Pero un ruido crujiente y suave de papel arrugado llena la salita. Algunos compañeros del aula se miran atentamente. La cara de la abuela se empaña antes, ella sabe qué va a venir ahora. Hay ruidos de un par de sillas y gente de fondo que habla y se tropieza, luego un silencio. Parece que la clase va a empezar.
José Castinneira
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