La nube.
Sí hubiera sabido que no eras una nube, no te habría atrapado. Es lo que tiene el tiempo.
Un minuto es mucho. Suficiente para llegar tarde al autobús del aeropuerto; para perder el vuelo a Madrid y no comparecer a una entrevista; esa que habría cambiado tu vida para siempre. Bastante para que nos crucemos o no nos crucemos algún día en la parada. Demasiada responsabilidad la de un minuto.
Un segundo es mucho también. Habrá que considerarlo: Lo justo para esperar o no esperar un semáforo durante treinta segundos, para enfrentarte, o evitar un estrechamiento de gente atolondrada, o cruzarte con María después de tantos años y tener que decirle que no, que no puedes, que tienes prisa; o para lograr esquivar el paso lento de un anciano, un carricoche, o un niño jugando a la pelota. Un segundo se expande rápidamente y ocupa de repente todo un minuto de tu tiempo, sin pedirte permiso.
Por eso, al detener tu vuelo, seguí avanzando.
Salí corriendo del tren, maletas, altavoces y puertas automáticas. Gente que vino y va como si la estación ya no existiera. Alguien lanzó su mochila a la espalda y salió corriendo. Un revisor repeinándose, una bolsa tirada en el suelo, el de seguridad inspeccionando portadoras de equipajes. Y la gente que esperaba en los rincones, como si este fuera el único lugar que existe ahora. Aquí detrás se queda todo.
¿De dónde me has salido?
Yo tuve oportunidad de ver, y oír, hasta cinco bebés en el vagón, un castillo abandonado en el paisaje, un mar confundiéndose en el río y una chica despistada que miraba la ventana moviendo sus ojos como si soñase. Cuéntame tú ¿Que cosas maravillosas has visto allá en lo alto?
Bajaste de los cielos suave y deliciosamente, como si fueras viento solo, soplo suave de algún aliento desconocido. Blanca, pedazo de nube que se ha caído; qué le voy a hacer; no pude resistirme y te agarré en la mano, dulce y delicadamente, pero seguí corriendo.
¡Cómo es posible que entre tantos seres, hayas venido tú, precisamente, a encontrarte conmigo? Cualquiera habría pasado de largo; pocos te habrían visto; gente que tendría en sus manos otras cosas; teléfonos o envoltorios de chocolatinas. Tal vez un niño intentara detenerte y tú, esquiva siempre, habrías huído juguetona y sin remedio. Pero fui yo quien se puso en tu frente. Tú, que habrías sido tan solo una pluma tendida en la acera, te has ensanchado; en los albores del cielo, para ser esponjosa y blanca, suave, como una nube. Me has hecho sonreír, este es el alivio de todo un segundo.
¿Qué será mañana de tu vida y de la mía?
José Castinneira
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