La cigarrera.

Burdeos, 27 de marzo de 1939.

Detuve mis planes hace una semana; Sarita, mi hija, hab√≠a encontrado la vieja Leica, result√≥ ser aquella que hab√≠a usado en el peri√≥dico antes de todo esto. La c√°mara est√° rota, irremediablemente in√ļtil; s√© perfectamente c√≥mo sucedi√≥ ¬ŅSabes? Encontr√© un carrete en su interior. Fue hallazgo muy emocionante, imag√≠nate, tres a√Īos despu√©s; con todo lo que ha pasado. Hoy, por fin, he podido recoger las im√°genes reveladas. Nada especial, muchas corresponden a reportajes que no tuve oportunidad de entregar, pero hay una que me ha recordado a ti. Es justo de antes de que cerraran "El Defensor de Granada". Al tiempo de empezar la guerra.

No debes saberlo, aquel d√≠a s√≥lo ten√≠a que hacer una foto. Parec√≠a sencillo pero fue imposible. La imagen que deb√≠a capturar estaba clara; diez mujeres sentadas alrededor de una mesa; no tendr√≠an importancia los tocados ni los mantones con flores. Encima, m√°s all√° de sus manos, un caj√≥n alargado dividido en secciones con forma de embudos. El encuadre deber√≠a estar m√°s o menos centrado, con un poco de aire a la izquierda. Al fondo estar√≠a la ama, algo sobreelevada, pero sentada tambi√©n; quiz√° tendr√≠a las manos cruzadas sobre sus piernas, nada m√°s. Hab√≠a imaginado cientos de cigarros esparcidos sin desorden y quiz√° alg√ļn rostro desafiante mirando fijamente a la c√°mara. Yo solo esperaba que no fueras t√ļ.

La falta de luz fue el primer problema; no era suficiente para un retrato de interior. Realmente esperaba no verte all√≠. Recapitulemos; hab√≠a llegado a la plazuela, entr√© por el portal√≥n; atacado por el aire pastoso y el olor nefasto me hab√≠a detenido un momento. ---Vamos---. Un hombre delgado se dispuso a acompa√Īarme. Piel seca, bigote desordenado. O√≠mos cierto cuchicheo mon√≥tono cruzando los pasillos. Nuestra vista se iba acostumbrando poco a poco. De vez en cuando despertaba una ovaci√≥n tumultuosa. Calor abafante, ambiente penumbroso, y un sonido de pasos, los nuestros, que retumbaba solitario en las paredes. Todo fue muy raro cuando llegu√© a la puerta. ---Si no puedes hacer la foto las sacas fuera.--- Pens√© en voz alta. ---Hoy no est√° el horno para bollos camarada--- dijo mi acompa√Īante. Recuerdo que llegamos al lugar, Jos√© entreabri√≥ cuidadosamente la puerta de la gran estancia. Puedo sentirlo ahora mismo; o√≠r las voces, notar que si estabas, o que si no estabas, lo sabr√≠a en un momento. Respir√©. Me detuve sigiloso en el umbral.

Hay una mujer enfadada sentada en una silla, encima de la mesa. Es casi una anciana. No entiendo lo que dice. Unos pocos cientos de mujeres la escuchan atentamente. Golpea a veces con un bast√≥n la tabla, tres, y todas en silencio; tras respirar prosigue. ---¬°M√°s vale pedir por las callejas, ni√Īas, m√°s vale de pedir!--- Y bebe un sorbo de t√© o de caf√©. Algunas cigarreras pasan ya los cincuenta a√Īos. Otras, por el contrario son j√≥venes y hermosas, desde aqu√≠ no puedo verte. Mejor. Mar√≠a...

José terminó de abrir la puerta y se ausentó. Tengo presentes sus pasos alejarse hacia la sombra. Hubo un ajetreo de ropas y algunas mujeres se taparon tímidas. Era una reunión para convocar huelga de brazos caídos. Hacía calor. Todos los ojos de aquella estancia me cayeron encima.

Y el llanto de un bebé rompió el ambiente.

Nunca supe si estuviste en ese cuarto, hasta ahora. Yo te buscaba sin querer encontrarte. Pens√© en t√≠, en aquella noche de lo prohibido; imagin√© tu aspecto. Hab√≠as cambiado tanto la segunda vez que te vi. Inconscientemente deseaba encontrarte; s√© que era mejor no verse, pero casi hab√≠a pasado un a√Īo del primer encuentro. Todas me miraban e intent√© explicarme. El llanto del ni√Īo despert√≥ el de varios beb√©s que estaban en la estancia, as√≠ que no me fue posible hablar mucho. Hab√≠a cunas en los pasillos, alg√ļn ajetreo de mantones y nanas antiguas. Micaela me llam√≥.

Negoci√© con ella; quer√≠a que informara de la huelga y sus motivos. Yo ten√≠a otro encargo pero tuve que ceder. Alguien entr√≥ en ese instante, llevaba un vestido granate y una chaqueta blanca. Dej√≥ a un beb√© en la cuna de la esquina. Era hermosa. Destilaba un aire americano sencillo; con boina francesa. Algo me hizo recordar tu obsesi√≥n con Bonnie Parker, dese√© encontrarte en esa mujer. Ten√≠a el rostro serio y un gesto preocupado. ---Micaela, tenemos que irnos, se habla de un golpe de estado.--- Dijiste. Yo quer√≠a que fueras t√ļ.

Aquella mujer, ten√≠as que ser ella, ayud√≥ a Micaela a bajarse de la mesa. La taza de caf√© qued√≥ en sus manos un momento. Me abalanc√© sobre t√≠ ---¬°Mar√≠a, eres t√ļ? ¬°Mar√≠a!--- Pude sentir ese desprecio. ---Yo a ust√© no le conozco de n√°.--- Dijiste. Todo cay√≥ al suelo. Sin mirar atr√°s, recogiste al beb√© y os marchasteis para siempre.

En la foto hay una taza de café tumbada a punto de romperse. Un plato sin quebrar y dos piernas de mujer huyendo. La imagen se corta poco después de las rodillas. Se pueden distinguir los zapatos de tacón. En el muslo derecho hay un tatuaje con dos corazones enlazados, apenas puede verse. Es un tatuaje similar al que dicen los periódicos que llevaba Bonnie Parker el día de su muerte. Casi puedo adivinar mi nombre escrito junto al tuyo.

José Castinneira