La cita
---Mucha gente para encontrarnos.--- Pensó. Llegaba tarde. La plaza hasta los topes; un baile tras otro, pies de swing y saltos; manos de jaleo. Entre tanta gente bailando, Juan pudo moverse. Se hizo camino para verla, y al fin la vió; cabellos al aire, sonrisa traviesa, sus ojazos verdes; brincó justo cuando paró la música. Luego estuvo como despistada, jugó con el plástico de la cerveza entre sus labios, y se volvió y le dió la espalda. ---¡Jen!--- gritó; entonces repasó las frases que el día de antes le habían traído hasta aquí; A veces un "no" niega más de lo que quería había surrurrado. ---¿Irás al concert en el Borne?--- y esa pregunta se quedó suspendida un tiempo hasta que ella contestó; o quizás no la había contestado realmente.
El sol empezaba a chispear en formas naranjas tras las hojas de los plátanos mientras el grupo se disponía a iniciar la actuación de nuevo. Un soplo frío de aire revolvió a Juan en el estómago y no supo si marcharse. Se quedó quieto; como a punto de ser atravesado por cientos de agujas. Pero explotó la música latiendo, como alguien que corre. Y otra vez las espaldas, los cuerpos en ritmo acelerado subiendo rápido por las rodillas. Con alma de derrota sintió el último empujón en la cadera ---¡Has venido!--- Dijo ella. Y toda la pesadez del hielo empezó a derretirse. ---Ven, que te presento.--- En un instante un corro de gente lo rodeaba, con Biel, Anina, y Pau sonrientes dándole palmaditas en el hombro. Suspiró, se hizo de aire, y quiso tanto abrazarla que se quedó mudo, con una canción colgada en la punta de la lengua ---¿Vamos a la bodega Bellver a tomar algo?--- Dijeron. Y ella le cogió de la mano como si llevara un globo.
Juan se dejó guiar sin prestar atención al estruendo de la plaza que, poco a poco, se iba desdibujando en su cabeza. El sonido del agua en una fuente, un taxi, o el viento jugueteando con las hojas, les acompañaron. No sintió los acordes de los bises finales, ni los cuerpos apretados, ni los empujones. Simplemente se deslizaba suave como una vela de barco, sujeto a la esperanza de no soltarse nunca.
Cuando llegaron al bar, justo en el umbral de la puerta, ella se giró de un golpe:
-- ¿Me das un beso?
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